Cuando Cristo ascendió al Padre, no dejó a sus seguidores sin ayuda. El Espíritu Santo como representante
suyo, y los ángeles celestiales como espíritus ministradores, son enviados para ayudar a aquellos que están
peleando la buena batalla de la fe con gran desventaja. Recordad siempre que Jesús es vuestro ayudador.
Nadie entiende tan bien como él las peculiaridades de vuestro carácter. El vela sobre vosotros y si estáis
dispuestos a dejaros guiar por él, os rodeará de influencias para el bien que os capacitarán para cumplir la
totalidad de su voluntad respecto de vosotros.
En esta vida nos preparamos para la vida futura. Pronto habrá una gran inspección en la cual cada alma que
trata de perfeccionar el carácter cristiano tendrá que someterse a la prueba de las preguntas escudriñadoras de Dios: ¿Has dado un ejemplo que los demás pudiesen seguir con seguridad? ¿Has estado a la expectativa de las almas, como quien debe rendir cuenta? Los miembros de la hueste celestial se interesan en la juventud y albergan un intenso anhelo de que soportéis la prueba y de que se os dirijan las palabras de aprobación: "Bien, buen siervo y fiel . . . ; entra en el gozo de tu Señor"*.
Recuerden jóvenes, que aquí hemos de formar caracteres para la eternidad, y que Dios requiere que nosotros hagamos lo mejor que podamos. Recuerden nunca ignorar a los que tienen experiencia, pues ellos nos vigilaran, y cuando nos vean tentados, nos llámaran aparte para orar con nosotros para ayudarnos en nuestras debilidades.
El Señor quisiera que reconozcamos el gran sacrificio que Cristo ha hecho por nosotros, mostrando interés por la salvación de aquellos a quienes él vino a salvar. Si, nosotros, los jóvenes buscamos a Cristo, él hará que sus esfuerzos sean eficaces. (Youth's Instructor, noviembre 21, 1911).
Tomado de: Mensajes para los Jovenes